” Muchas cosas no se pueden averiguar pensando, hay que vivirlas” (Michael Ende)
Cuando Tomás, que parece un pequeño Bob Dylan cuando se cala su sombrero borsalino, ve el panorama de flamantes juguetes expuestos exuberantemente tras la luna de cristal de un escaparate, siente que su pequeño títere anónimo confeccionado con retales de tela blanca, peón del entretenimiento infantil, deviene obsoleto ante los ultramodernos ingenios para el ocio infantil. Su vetusto volatinero ya no le hace reír, y así lo subraya el coro de esta tragedia, parábola del showbiz y de la tiranía de los infantes, precedente claro de Toy Story. El susodicho juguete marginado acabará dando tumbos tras ser inmolado por el pequeño sátrapa, que lo arroja por una ventana, pasando el terror de poder convertirse en pasto de unos cachorros de cánido, y más tarde, la amenaza de ser reciclado, tras caer en manos de un trapero. La historia se resuelve felizmente merced a la intervención de la abuelita del niño, que reconoce al muñeco entre los despojos del mercader de andrajos, adquiriéndolo y restaurándolo , con excelente resultado. Una vez enviado s por correo a casa del niño, que echa en falta las ocurrencias de su lumpemproletariado artefacto lúdico, el títere vuelve a servir las exigencias del chaval, procurándole risas y felicidad sin parar.
Esta hermosa historia fue concebida por el maestro de la literatura Michael Ende(1929-1995), que aquí ve realzado su trabajo con las realistas y emotivas ilustraciones (cuadros, más bien) de Alfonso Ruano (Toledo, 1949), antiguo estudiante de Bellas Artes en la Universidad Complutense de Madrid, que ha ilustrado más de veinte libros por los que ha recibido distintos reconocimientos. Hoy trabaja como director artístico en una prestigiosa editorial.

