No confundas, jinete, el galopar del caballo con los latidos de tu propio corazón. (Proverbio Chino)
Esta historia es vieja, y nos la narra e ilustra el artista Chen Jiang Hong . Sucedió hace 1200 años, en lo que hoy es China.
Han Gan era pobre y lo sabía. Adoraba dibujar, mas no podía adquirir útiles para plasmar sus pulsiones artísticas. Para ganar algún dinero y contribuir al sostenimiento económico familiar, servía al posadero, encargándose de la distribución de víveres a domicilio . Un día, entregando mercancía demandada por el celebérrimo poeta y pintor Wang Wei , éste descubrirá la pasión del joven transportista, al sorprenderle dibujando caballos en la arena. Así, decide conminar al joven paria para que retorne al día siguiente a su casa, momento en que hará entrega al chaval de material de pintura y algo de dinero, para que pueda pintar siempre que quiera.
Agradecido, Han nunca dejará de pintar: desde el alba al anochecer, todos los hermosos caballos que anidaban en su mente de artista eran inmortalizados, buscando siempre darles el mayor realismo posible. Su talento le llevó a entrar en la Academia de Pintores Oficiales del Emperador, perteneciente a la dinastía Tang.
A diferencia de sus colegas, siempre pintaba caballos, y además, siempre los representaba atados, alegando que no quería que huyesen de sus soportes. Tal era su fuerza y veracidad.
En la oscuridad de una noche silenciosa se presentó ante él un guerrero poderoso, que de manera secreta le pide uno de sus afamados corceles, para que cobrando vida merced a sus mágicos pinceles, pueda ayudarle a combatir a los enemigos que asediaban las fronteras. Afanado en el quimérico proyecto, Han Gan pintará un equino que no alcanza la vitalidad, por lo que decide arrojar el boceto al fuego, momento en que surge impetuoso un fabuloso animal, que es montado rápidamente por el militar. Han le advierte de que cuide su cabalgadura, pero sus palabras sólo son escuchadas por la Luna. El marcial sujeto se lanza al fragor de la batalla: es invencible,cuando el jaco empieza a fluir ya nada importa , y no deja a ningún adversario con vida. La sensibilidad del animal pronto choca con la ferocidad y falta de compasión del guerrero, por lo que decide abandonarlo, integrándose en una de la pinturas de Han, con otros cinco arios rocines. Para alcanzar así la inmortalidad, perviviendo en un rincón más civilizado.
Chen Jiang Hong (1963), formado en bellas artes en Pekín, es un consumado experto en la tradicional disciplina que emplea tinta china sobre papel de arroz. Para recrear la famosa leyenda del caballo mágico, protagonizada por el artista Han Gan, que realmente existió, Hong prefirió pintar sobre seda, como acostumbraba el propio Gan.

