Las peripecias de un oso voyeur que escala por las tuberías de un edificio, descubriendo al ser humano y su soledad, así como su torpeza e incapacidad de moverse por las cañerías, moviendo al plantígrado al deseo de acariciarles las mejillas y lamerles la nariz cuando de mañana se lavan la cara, marchándose después con la vaga seguridad de haber hecho bien, conforman el Discurso del oso, incursión en el mundo literario infantil del gran escritor Julio Cortázar (1914-1984), que aquí buscó propiciar algo de entretenimiento para los hijos de su amigo Eduardo Jonquières. Este simpático mamífero, que tutela entre bambalinas la vida de gente corriente mediando con el grillo del hogar, es doblemente homenajeado ahora, al editarse la narración de Cortázar junto las magníficas ilustraciones de Emilio Urberuaga , (Madrid, 1954) quien desde 1982 se dedica a este bello arte, como consecuencia de la admiración que suscitó en él la obra de su amigo Arcadio Lobato. Su primer trabajo fue Un tiesto lleno de lápices, si bien su colaboración con Elvira Lindo para la serie Manolito Gafotas constituye su mayor éxito de público. Considera que ilustrar no suele ser la interpretación literal de un texto (aunque a veces se haga), sino que debe tender a recrearlo . Además, estima que la ilustración siempre condiciona al texto. Traza un paralelo con el cine e indica que su trabajo podría ser como una película: pretender llevar el espíritu de una novela a una película, pero además, incluir ciertas recreaciones entre el transcurso de una escena culminante a otra. El ilustrador podría rellenar los espacios muertos que deja la narración.
Asevera que el mundo resulta más fantástico que sus ilustraciones y que quizá su visión del mundo acabe plasmándose en su trabajo. Le resulta gratificante su profesión, donde destaca a colegas como Tomy Unguerer, Quentin Blake, Arcadio Lobato o Stefan Zabrel.


La combinación es explosiva: Cortázar-Urberuaga. Imprescindible.